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domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato "Manha de carnaval" con la música de Joan Chamorro

Aquí sigo con la novela. Noviembre no fue suficiente, claro que no, y Diciembre está siendo un mes lleno de cosas y más cosas; Pero escribir no pierde fuerza, por eso me he puesto con algo que tenía pendiente.

Hace tiempo que terminó la iniciativa de "Dame, doy, ten, y yo lo transformaré", pero tenía una petición desde el verano que me hizo Joan Chamorro, sí, el mismísimo Chamorro, este músico catalán que ha creado la S ant Andreu Jazz Band,la big band más joven de Europa, con gente tan buena como Andrea Motis, y muchos más.

Así que después de tanto movimiento de aquí para allá, y tantos proyectos, por fin me he sentado a darle forma a esto, y he decidio hacerle mi regalo de navidad poniéndole unas letras a esta canción tan encantadora que me ha mandado.

Influida por el Jazz, por el Swing, por estos movimientos musicales americanos que golpean fuerte mi cabeza y mis piernas (he empezado con el Lindy Hop), pero sobre todo escuchando este precioso tema de Joan, aquí os dejo lo que ha salido de la mezcla de su canción "Manha de carnaval" (que tenéis aquí abajo) y mis letras.

            


MANHA DE CARNAVAL ♫

      Esa noche la volvió a tocar de nuevo. Hacía muchos años que no lo hacía porque, sólo con las primeras notas, una ligera sombra de tristeza le envolvía, y ni tan siquiera unos cuantos tragos de aguardiente conseguían que se difuminara.
Sin embargo esa noche, esa que estaba a punto de terminar, esa que creía que sería una de las últimas porque los dedos se le empezaban a entumecer y algunas de las notas se le olvidaban por el camino, una chica se le acercó y se la pidió.
Sorprendido por escuchar aquel título que escasas veces había vuelto a tocar y tan pocos conocían, se quedó unos segundos mirándo a aquella joven mientras unas imágenes antiguas acudían a su cabeza. Entonces ella volvió a acercar su boca a su oído para decir simplemente: "Ella era mi madre".

Bastó un  leve gesto de asentimiento con la cabeza para que se entendieran y, seguidamente, miró al pianista que colocó sus dedos sobre las teclas esperando que él empezara. Cerró los ojos y pegando su boca al saxo sopló con delicadeza dejando salir la melodía, de la misma manera que hacía más de cuatenta años la había compuesto.

Fue una madrugada en blanco y negro, de esas que el olvido hace que se tiñan de nieve los bordes, de esas que transcurren en una sala de baile que se difumina por el humo, el calor y las notas de los instrumentos.
Podía haber sido un día como otro cualquiera, en el que tocar era un trabajo por el que le pagaban unas horas para luego irse a la pensión y dormir hasta el día siguiente. Sin embargo, cuando todo el mundo se había ido y él estaba metiendo el saxo en la funda, un joven se le acercó y le pidió una última canción.
No pudo negarse al ver al ver un brillo en sus ojos mientras miraba a una muchacha que le esperaba en la pista, iluminada por la escasa luz que entraba de la calle. Así que dejó salir las notas sin pensarlo, sin seguir ninguna melodía conocida, solo algo suave para comenzar. El joven rodeó a la chica por la cintura y apoyó la mejilla con delicadeza en su cabeza, que inclinada, tenía los ojos cerrados.
Se dio cuenta entonces de que ese momento lo iban a llevar guardado siempre en su memoria, sólo bastaba mirarlos para ver como se difuminaban en una distancia que pronto les separaría,  así que se dejó llevar y tocó una melodía que se fue creando poco a poco, sólo para ellos, con cada paso que daban sus pies, cada vuelo del vestido de ella, con cada luz centelleante que se filtraba por la ventana...
Cuando las notas se fueron apagando, él la estrechó con fuerza y deslizando su mano sobre la de ella se alejó con rapidez llevando su petate al hombro, dejándole sola en la pista, como una silueta que había perdido su rumbo.

Con la funda en la mano, el músico pasó al lado de la joven, que se había dejado caer en una silla, y colocó los dedos en su hombro.
-Se que nunca le volveré a ver - dijo ella con la mirada perdida.

Él la ayudó a levantarse y salieron juntos a una mañana que empezaba a clarear. La gente corría de un lado para otro, la música todavía sonaba en las calles y él encendió un cigarrillo mientras miraba como ella se colocaba el abrigo.
-¿Hoy es la mañana de carnaval? Se me había olvidado - dijo ella sorprendida.
-Sí, eso parece.
La joven se quedó pensando y abrochando el último botón exclamó:
-Entonces nunca podré celebrarlo, ¡Qué pena!...Pero bueno, gracias por la canción - le dijo dando media vuelta y empezando a alejarse.
- De nada - le contestó entre el barullo - a partir de ahora la canción se llamará así, para que  pueda recordarlo de alguna manera.
Ella le miró con ojos tristes y dándose la vuelta se alejó entre la gente.

Cuando terminó de tocar la canción, sintió que se quitaba un peso de encima, como si millones de años hubieran pasado frente a él. La joven, desde su mesa, le sonrió. Él guardo el saxo en su funda y, al pasar a su lado, colocó los dedos en su hombro y se acercó a su mejilla:
- ¿Se volvieron a ver?- le preguntó
La muchacha negó con la cabeza.
- Pero ella se quedó con su canción, y todavía suele tararearla.

A sus 77 años, con un gorro que le protegía del viento y las manos en los bolsillos, caminó lentamente hasta su apartamento y sin encender la luz se dirigió a la cocina. Cogió la botella de aguardiente y la vació en el fregadero.
-Ya no te voy a necesitar más, amiga.
Atravesó el pasillo hasta su habitación y se tumbó en la cama. Le esperaba la mañana siguiente, pero antes disfrutaría de esos sueños que siempre le aliviaban, esos en los que la gente bailaba en la pista hasta la madrugada y cuando se iban a casa las cosas terminaban bien.


Foto recortada de la Swing Station


miércoles, 18 de julio de 2012

Guardando las palabras


De nuevo para la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré" hoy tenemos un dibujo que Julieta Levin me envió titulado "El búho que vigila las palabras"

Con él, con sus trazos en blanco y negro, con su mirada, con sus detalles, con lo que me susurró al odio, os cuento esta historia.




Se guardaban en grandes libros, gruesos, pesados, con las hojas ya amarillas, los lomos desgastados y las letras medio borradas por el paso del tiempo.
Sólo ellos podían entenderlas, porque el lenguaje que utilizaban era ancestral y poco a poco había dejado de ser utilizado. Pero lo conservaban con cuidado sabiendo que era imprescindible mantenerlo, ningún otro había logrado parecérsele.
Aquellas criaturas se escondían en los bosques durante el día y salían de noche, fundiéndose con la oscuridad, para recoger las palabras y realizar su labor. Su sentido del oído y de la vista, tremendamente desarrollados, les permitían observar sin ser vistos y así captar esas vibraciones que producían los humanos y retenerlas hasta transcribirlas con hilo dorado en sus libros olvidados.
La palabra era importante no porque significara aquello que decía, sino porque recogía las formas de expresión que se habían ido desarrollando a lo largo de los tiempos. Era más valiosa por lo que escondía que por lo que mostraba. Pero como todo, era incapaz de expresar aquello que habitaba en ese pequeño y ancho mundo, por lo que no dejaba de ser un instrumento útil pero no perdurable.
Sin embargo los métodos de entendimiento y estudio lo exigían, era un mandato que perduraba desde los primeros tiempos. Por ello estas criaturas tenían esas características: nocturnos, avispados, de vuelo rápido, con un globo ocular que les permitía moverse hacia los lados y girar la cabeza hasta 180 grados, garras potentes, picos afilados. Tenían que sobrevivir, su misión era importante.

Comúnmente les llamamos búhos pero si entendiéramos su lengua sabríamos que responden al nombre de Aurones.Y si fuera así, también podríamos leer los títulos de los libros donde recogen las palabras y sabríamos que en los lomos está escrito: Para desechar en 2170. Y debajo: época de transición para el lenguaje teleométrico.

Nos queda mucho por recorrer.







lunes, 16 de julio de 2012

Calcetines y Mediterráneo

Esta semana empezamos con un relato que surgió por la foto que me envió Quique LLuch para la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré".
Sin embargo él me pidió una cosa: "Te hago una propuesta a ver que te parece. Yo te remito la foto, tu haces tu relato inspirado en ella, pero al mismo tiempo yo hago uno inspirado en la misma foto. Tú no sabes nada sobre el mío y yo no se nada sobre el tuyo. Luego cuando los hayamos acabado ambos, lo compartimos, puede ser divertido ver lo que una misma imagen nos puede sugerir a los dos"
¡Y lo hicimos!
Aquí está el resultado



CALCETINES de Eloise Liyu

Se colaba entre los dedos de sus pies y le hacía estornudar. Sí, era raro incluso para eso. 
Ni los intentos de su padre, pescador de nacimiento; de su madre, trabajadora de la lonja desde los tres años; su abuela, la cocinera más reputada del puerto, cuyo menú sólo contenía nombres de peces, ni verdura, ni arroces, sólo las sopas se salvaban, y era porque había pasado la guerra; incluso de su tía, que trabajaba en el museo del mar; habían podido hacer que él pudiera acercarse a aquel medio del que su familia se sentía tan orgullosa.
Sin embargo él había heredado todo lo contrario. Tenía que pisar la arena con calcetines, y el agua del mar le irritaba la piel. Equipado con gorro y chaleco impermeable su padre había conseguido subirlo a su barca, pero no más de diez minutos, ya que su tez se volvía blanca y dejaba de respirar.
La tradición venía de muy lejos, de generación tras generación. Todos tenían una foto en la galería de la casa familiar con un pequeño título bajo ella: Cocinera marina, Pescador del mar, Recolectora del mar... y él no iba a poder tenerla.
Nadie entendía como un niño así había podido nacer en aquella familia. Circulaban historias, que se colaban entre los susurros calenturientos de los habitantes de la región, pero lo cierto era que el padre quería a ese hijo más que a cualquiera de los demás y le protegía de cualquier habladuría.
A él lo que le gustaba era dibujar el mar. Dar matices de azules a las olas, resaltar el blanco en la espuma, perfilar los peces, hacer las sombras de las rocas. Verlo y observarlo, pero de esa manera.
En su cuarto tenía un poster enorme con el dibujo de una orilla y se entretenía mirándolo maravillado, ya que alguna partícula de su sangre se alteraba, como pasaba con todos los miembros de su familia,  pero para él esa era la única forma de disfrutar de aquel mundo.
Un día una de sus hermanas llegó a casa gritando que había resuelto el enigma: En otra vida ha sido marinero y se ha muerto en el mar - dijo toda convencida.
En la mesa se hizo un silencio y luego todos rieron: No Concha, no creemos en eso - dijo su madre.
Otro día alguien soltó la teoría de que durante el embarazo la madre se había empachado de almejas y el niño ahora repudiaba todo lo que tenía que ver con el mundo marino. Esa vez también terminó todo en risas.
Sin embargo no había nada que averiguar por mucho que se propusieran, ya que era tan difícil como fácil el misterio. Nunca sabrían que en el momento del parto un grano de arena se había colado en el orificio derecho del bebé y éste había producido un rechazo anatomicoelergicoamiotrófico instantáneo a tal materia que le había hecho totalmente incompatible con todo lo que tenía que ver con el ámbito de la misma.
Le había imposibilitado de por vida el disfrute del medio marino, pero nadie le impedía dibujarlo. 
Por eso le conocerían, por sus cuadros. Así se haría famoso y podría hacer lo que siempre había querido, colocar su foto en la galería familiar y en el cartel con el título escribir con rotulador permanente: "Pintor del mar"




MEDITERRÁNEO por Quique Lluch


Sentado en esta playa contemplo el Mediterráneo frente a mi. Aparece un caballo blanco sin montura, cuyos cascos mojados imprimen su marca en la arena. Veo familias cargadas de voluminosos fardos, con sus miradas perdidas y sus rostros demacrados por la pesada espera al bajel que les llevará al exilio. Observo a unos niños tullidos que, bajo la compasiva mirada de un mosén sudoroso embutido en sus negras vestiduras, juegan como si nunca antes hubiesen visto el mar. Descubro a mi abuelo cargando su carro con una arena que pasará por el corral y acabará mezclada con la tierra que nutre las hortalizas que le dan de comer. Vislumbro a lo lejos una yunta de bueyes que arrastran pesadas barcas cargadas con la pesca de toda una noche. Escucho el paso marcial de los carabineros que vigilan el contrabando de tabaco. Acecho a un grupo de surfistas a la espera de la ola que les llevará a su parnaso. Me asusto cuando llega esa patera repleta de personas que desaparecen en todas direcciones al alcanzar la orilla...

Respiro con pausa y decido abrir los ojos. Frente a mi una arena virgen, un mar calmo y un horizonte vacío. La quietud es tal que casi no se escucha el leve movimiento del mar. Todo mi ser se ve reflejado en esta playa desierta y abandonada por todos, su vacío es el mío, su soledad me consume. De mis amigos no quedan ni sus huellas borradas por la marea. Noto un hueco en el estómago que se hace grande hasta convertirme en un simple caparazón quebradizo. Intento revelarme, sé que resuelvo problemas, que soluciono asuntos, que soy eficaz, que cumplo los objetivos que me marcan, que gano dinero... pero todo esto no sirve sino para elevar mi angustia. Siento que me voy desmoronar en mil añicos. Estoy solo, solo por dentro y por fuera, no me queda nada ni nadie. Este silencio me inquieta, está pudiendo conmigo... Me voy... Me voy de aquí... No aguanto más.

Me giro por última vez antes de subir al coche para contemplar ese paisaje que tanto me ha turbado. Más relajado pienso que tal vez no haya sido buena idea venir hasta aquí esta fría mañana...

O... ¿Tal vez si?




viernes, 6 de julio de 2012

Recuerdos del tiempo

Esta vez el relato surgió de una preciosa foto que hizo César Rina con su cámara analógica en Granada, ciudad de gran belleza y misterio, ciudad que recoge tantas civilizaciones y tanta historia que esto, es sólo un pequeño componente de ,como siempre, algo que podría haber sido.
Para la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré"





Volver para entender había sido necesario.
Desde pequeños mi hermano y yo soñábamos con sus calles, su ajetreo, sus casas, su luz.
El abuelo nos narraba los más mínimos detalles, vivía de recuerdos, vivía de las grietas que se marcaban en su cuerpo y de las que salían palabras dulces, suaves. Su piel sabía a azúcar.
Nos leía historias las tardes de verano cuando el calor nos impedía salir a la calle; por la mañana, cuando nos acompañaba al colegio, nos relataba las leyendas que recordaba con esa voz que nos transportaba en el tiempo, oyendo música, ruido, ajetreo cuando nos metía en esos mundos que habían pertenecido a otras épocas.
Siempre supe que nuestro abuelo no era una persona como las demás, siempre supe que tenía algo dentro, pero no podía sacarlo más que poquito a poquito, ratito a ratito, pedacito a pedacito. Parecía que había vivido desde siempre.
Fue la guerra la que lo expulsó de su tierra, de su barrio, de su vida; y nunca más volvió. Físicamente, claro, porque su alma se quedo encerrada entre el musgo y las rosas, el azafrán y  los claveles.
Oímos hablar de las leyendas moras, las costumbres paganas, las conquistas y las luchas. Pero eso quedaba demasiado lejos, y pronto se convirtieron en mitos que imaginábamos rodeados de un tul transparente. Luego venían las historias del "cojo" que ganaba a cualquiera en una carrera, de Remedios, la hermana de la tabaquera que se contorneaba cada mañana cuando se paseaba con el carro por la calle, de Pietro, el italiano que se quedó atrapado en el campanario, de Dolores, la señorita que bajaba de la Casa Grande para que le enseñaran a silbar... La que más nos gustaba era la de Damian, un señor que vivía solo en una casa rodeado de gatos y que tocaba las melodías más bonitas que había escuchado nadie, decían que a veces alguien se colaba para escucharle y le dejaba comida, decían que se veían sombras por los pasillos de una mujer, su mujer, que murió siendo joven.

Ahora, mientras recorríamos las calles todavía quedaba algún anciano con bastón descansando bajo las sombras de los árboles, pero las fuentes ya no existían, ni los balcones de madera, ni el ruido de los caballos, ni siquiera los niños jugando en la calle... Remedios era ya muy mayor y casi no podía hablar, el cojo había muerto y de la casa de Damian no quedaba ni rastro.
Entramos en un bar a refrescarnos y sentimos de repente una ausencia enorme. Pero tras beber un poco y descansar de nuestra andadura comprendimos que todo lo que habíamos escuchado desde pequeños había quedado escrito en los arboles, en los muros; el tiempo había pasado y les habían extinguido; como las flores cuando caen sus pétalos, como la fruta madura. Menos mal que las piedras son los suficientemente fuertes como para guardar vidas.

Así que miramos hacia los tejados y vimos como el sol se extinguía y les mostraba sus respetos. 

Ojala que cuando amanezca, pensamos al coger el coche para marcharnos, haya nacido otra flor entre sus grietas.





martes, 26 de junio de 2012

Mi particular trocito de mar


Y a través de  Iliana, esta super foto de una obra suya (pinchando en su nombre accedéis a su blog y veréis todas la cosas monísimas que hace con sus manos) que me dio la idea para este nuevo relato de la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré"




SU PARTICULAR TROCITO DE MAR

Volvía de las vacaciones, esas que sólo se viven una vez y quedan guardadas y marcadas en el calendario con miles de momentos escritos con colores.

La luz estaba yéndose, ocultándose, transformándose como hace cuando el día empieza a extinguirse; y tumbada sobre mi bolsa en el asiento de atrás del coche sólo veía la línea del horizonte, intermitentemente, cuando no se me cerraban los ojos por el cansancio.

Cerrados... sentía el olor del mar, la arena en mis pies, el roce del agua sobre mi cuerpo, el sabor de la sal en la lengua...

Los abrí y tras la ventana se veía el azul oscuro del cielo, la silueta de un árbol, unos arbustos... sólo el cielo, y el rastro amarillo tenue que dejaba el sol.

Cerrados... el sonido de la orilla, la brisa por las tardes, las risas, el agua salpicando...

Abiertos... el cielo y la luz de una farola, el tejado de una casa, un pájaro, otra luz, un árbol, cielo, cielo, cielo, sólo el cielo.

Cerrados... encuentros improvisados, sabores a fruta fresca, escapadas entre los pinares, zambullidas por la noche.

Abiertos... tejados, tejados, tejados, la silueta de una montaña, una luz que ilumina una iglesia a lo lejos, un avión, cielo... 

Cerrados...  la brisa junto a la orilla, susurros, secretos, suspiros, luego... un paseo en moto, el mirador, el mar desde arriba.

Abiertos... el cielo, el cielo, la ligera silueta distorsionada de un árbol...

Cerrados... la arena entre los dedos de los pies, los paseos hasta las rocas, una sonrisa, un paseo al atardecer, unas silueta alejándose...

Abiertos... muchas farolas, un bloque de edificios, más farolas, el rojo de un semáforo.

Se para el coche.

Y a sus pies, 
en una bolsa, 
se tambalea un tarro de cristal, 
con agua,
salada, 
quizá un poco de arena,
quizá alguna piedra,
quizá algo de ella.






martes, 19 de junio de 2012

Alguien que solía conocer



Y de nuevo dentro de la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré", con una foto de Helena del Pozo, surge este relato titulado: Alguien que solía conocer (frase cogida del título a la canción de Lisa Hannigan con la que amenizo las letras)


*La chica de los vaqueros y el polar rosa

Llovía, como siempre en mayo, pero nadie nos disuadía de ir a las playas y buscar animales muertos, conchas silenciosas, algas que se enredaban en nuestros pies...

Cada tarde dejábamos las mochilas en los porches y corríamos hacia el mar, con el bocadillo en una mano y la red en la otra. Todavía hacía frío, así que nos remangábamos los vaqueros para poder sentir el agua hasta las rodillas y secarnos luego con el viento.
Regresábamos a nuestras casas al anochecer, esperando la tarde siguiente. No concebía una tarde sin que él me sonriera, y apenas tenía catorce años.
Una vez me besó. En un cobertizo. Creo que también me agarró de la mano en el cine de verano.
Mi familia se mudó.
Todo se quedó en el pasado.


Lo recordé el otro día al sacar, de una caja que guardaba en el trastero, aquellas conchas envueltas en telas de colores. Era mi mundo particular, aquel en el que te refugias cuando empiezas a crecer, y lo tenía ahí olvidado.

Cogí el teléfono y llamé a mi tía. Era ya una solitaria anciana que se había quedado aislada en aquella casa de la que todos habían renegado con los años y sentí una tristeza inmensa al darme cuenta de que yo también la había olvidado. Le pedí el teléfono de la casa de los vecinos pero no contestó nadie. Hacía años que la habían vendido. Prometí ir a verla ese fin de semana y así fue como volví a coger conchas.
Había olvidado la sensación del frío en los pies, de las algas enredándose en los dedos, de la brisa secando las piernas... pero podía volver a recuperarlo. Lo tenía frente a mí, y no iba a dejar que se me olvidara de nuevo.
Había noches en las que soñaba con formas extrañas y no comprendía que eran, había momentos en los que mi mente se perdía unos segundos y no sabía dónde se había ido, había mañanas en las que dejaba correr un poco más de tiempo el hilo de la agua de la ducha y no entendía porqué.
Ahora podía vislumbrar un pequeño significado, por lo menos podía encontrar algo a lo que agarrarme. Una parte de mí no se había olvidado.


*El chico de los vaqueros y el chaleco negro

Llovía, como siempre en mayo, pero después del colegio, seguíamos pasando las tardes junto a la orilla, descalzos, inventando mundos, creando universos.
Siempre estábamos solos, porque nos gustaba, porque sabíamos cuando hablar y cuando callar, porque nos compenetrábamos. Sabía que iba a ser mi novia, pero no le agarré de la mano hasta una noche en la que veíamos una película antigua en el cine de verano. Ella se ruborizó. Más tarde la besé. Al día siguiente ella me entregó una caja hecha de conchas. Creo que todavía está guardada en alguno de los armarios de casa de mis abuelos.
Un día me dijo que sus padres habían decidido irse a vivir a la ciudad. Me dijo que vendría lo veranos, pero  nunca volvía a verla.

Hoy me he acordado de ella. Mi hija me ha traído una concha que le han dado en la escuela.
Llama mi madre y le pregunto por la familia que vivía a nuestro lado cuando éramos pequeños.
La señora Nicolasa llevaba sola mucho tiempo cuando vendimos la casa - me dice.
Le cuelgo y miro por la ventana. Está lloviendo, y veo su pelo chorreando en la orilla, su sonrisa mientras me agarra para que corramos a refugiarnos. Sólo somos dos adolescentes empezando a vivir.
Ahí fuera hay alguien a quien solía conocer, siento.
Oigo a mi mujer diciendo que la cena está lista. Me alejo de la ventana y camino lentamente hacia la cocina. La veo y una sonrisa aparece en mi rostro. El tiempo se pierde entre los minutos, pero yo he vuelto a coger el mio.





viernes, 8 de junio de 2012

PEIL SOBRE PIEL



Mayka Cortés me dejó elegir entre varios de sus cuadros y éste fue el que me dejó imaginar esta historia. 

Dentro de la iniciativa:
"Dame ,doy, ten y yo lo transformaré"






PIEL SOBRE PIEL

Abría cada mañana a las nueve en punto, ni un segundo arriba, ni un segundo abajo. La persiana, de esas antiguas de madera que hacía un siglo que no se veían, se atrancaba siempre en el mismo punto y había que darle un pequeño golpe para que siguiera subiendo; la puerta giraba con una única llave que colgaba de su cuello día y noche; y los cristales, transparentes como el agua, daban paso a una pequeña tienda que nadie esperaba ya en esos tiempos. Una tienda de antifaces antigua.
Los años habían pasado y el mundo ya no era el mismo, pero todavía había gente que acudía a él para hacerse aquel artilugio obligatorio desde la época gris. 
Y es que él los hacía diferentes. No sólo porque escuchara las historias de las personas para poder empezar a trabajar, o porque utilizara ingredientes ya olvidados como la hierbablanca, la caléndula, el cuero o la seda. Sino porque los elaboraba cuidadosamente utilizando antiguas enseñanzas y un pequeño instrumento que había elaborado con los años, el astrovelo, para hacer que cuando su dueño lo llevaba nada más pisar la calle, una parte de él siguiera recordando que sus antepasados habían vivido de otra manera, y que todavía ellos podrían conseguirlo.

Dámaso tenía más de cien años, y su piedra del destino le había augurado todavía quince más. Vivía en la parte de la ciudad que había resistido a la invasión, rodeado de casas abandonadas o derribadas, calles semidesiertas, donde las pintadas en los muros recordaban los momentos de lucha, donde sólo al atardecer salía la gente a las calles y se sentaban a tomar el aire y conversar.
Durante el día se dedicaba a escuchar algún canal de radio prohibido y de vez en cuando se ponía música que le recordaba a otros tiempos. Cuando tenía encargos trabajaba entusiasmado en cada uno de ellos, sabiendo lo que supondría para esas personas. Muchas no habían tenido opción, muchas no podían salir de ese sistema que se había impuesto, pero ya que estaban obligadas a ello, por lo menos con sus antifaces recordarían que había una salida, por difícil que pareciera.

Esa mañana llegó a la tienda una chica joven que llevaba de la mano a su hija de cinco años. Era la edad para llevar el primero. Se sentó con ellas y les escuchó.
-Vendrán treinta niños más esta semana, le dijo la chica. Estamos organizándonos en el otro lado.
Sabía que había esperanza cuando miraba los ojos de aquella niña. Cerró la tienda y se fue a sus casa. Tenía que recolectar más materiales. Tenía que hacer los mejores antifaces, quizá había empezado el momento del cambio.


lunes, 4 de junio de 2012

Uno menos




Con la frase de Santiago Tobar: "Toda la vida luchando por llegar a ser uno más y se murió. Uno menos", aquí os dejo el nuevo relato de la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré"




Siempre supe que no serviría, pero había que intentarlo. Creer en ellos había sido parte de nuestra filosofía ancestral. Tenían capacidades, tenían inteligencia, tenían los recursos. Sólo que lo entendieron mal, muy mal. O como decía el Anciano: "Simplemente se habían escuchado demasiado".

Crecí feliz, rodeado de mis semejantes.
Sintiendo el sol cada día...
Oyendo el río fluir tranquilo a nuestro lado...
Oliendo las flores que crecían poblando los campos...
Viendo los insectos que recorrían nuestras extremidades...
Dando cobijo a los mamíferos que poblaban los alrededores...
El momento era el atardecer, cuando el cielo te ofrecía  todo tipo de matices, todo tipo de preciosidades.

Dábamos abrigo, vida, comida. Creíamos que era nuestra labor y lo aceptábamos con gusto. Estábamos en este mundo para ofrecer lo mejor de nosotros y luchábamos por dar ese ejemplo que tanto hacía falta.

Pero cuando todo cambió nos dimos cuenta de que no había vuelta atrás.
Llegaron invadiendo el bosque, con sus máquinas, sus instrumentos destructores, su ansia de poder, aquellas cifras reflejadas en sus ojos... Cortaron nuestras ramas, nuestras hojas, nuestros troncos. No se dieron cuenta de que haciendo eso se destruían a ellos mismos. Habían tomado el camino equivocado, como llevaban haciendo varios siglos atrás.

Así que me convertí en uno más. Habíamos luchado todos esos años para nada.

¿Cuántos más de nosotros, en la forma que fuera, harían falta para que se dieran cuenta de que todo era mucho más sencillo? Sólo tenían que cerrar los ojos y sentir. No era tan difícil.




viernes, 25 de mayo de 2012

El color de la vida

Gracias a Alejandro Gastón y a aportación de "Dame, doy, ten y yo lo transformaré", aquí os presento el nuevo relato que salió de su frase : "... pero es que he visto tu sonrisa al entrar..."







Pero es que he visto tu sonrisa al entrar y no he podido resistirme. La he comprado, sí. La he comprado.
Lo siento, se que me dijiste que tenía que dejarla porque otros también la necesitan, se que no puedo ser egoísta, se que este mundo está lleno de gente que necesita un poco de aliento para caminar, y que no debo ser avaricioso. Pero no he podido, lo siento. La próxima vez cambiaré de calle para no pasar por la tienda donde hacen las fotos más bonitas del mundo. Las tuyas.

Ha pasado tanto tiempo que ya no recuerdo cuándo este mundo se volvió gris. Cuándo el color desapareció de nuestras vidas. La ropa, los árboles, las casas, la comida, los sueños... todo es en gris, blanco o negro. No hay más.
Es raro caminar por la calle sin ver el azul del cielo, el verde de las hojas cayendo, el rojo de los bancos en los paseos, el morado de las lilas ... Dentro de poco ya no quedará nadie que conozca las tonalidades de la naturaleza. Ya casi ni llueve, el cielo está siempre cubierto. Hemos llegado a esto casi sin darnos cuenta, dejándonos llevar, por no saber gritar demasiado alto.

Por eso casa uno busca el color donde puede. 
Por eso se inventaron las tiendas de cosas bonitas. 
Por eso la gente se gasta el dinero en lo poco que encuentra que le pueda proporcionar algo de luz.
Por eso existe esa tienda donde venden sonrisas, abrazos, artilugios que crean figuras y sombras, e ilusiones, creadores de sueños, libros de papel, comidas caseras de esas que sólo quedan como recuerdo en nuestros paladares.

Y por eso yo paso por esa calle. Porque vi tus fotos y me di cuenta que eran lo que me ayudaba a seguir, lo que me animaba a caminar por esas avenidas llenas de asfalto. 
Ahora las busco y cuando las descubro asoma una sonrisa en mi rostro que se vuelve roja, mis ojos se vuelven azules, mis manos naranjas... y por un segundo soy capaz de verlo de nuevo. El color de la vida.
Prometo sólo mirarlas y dejar que otros puedan tenerlas. Prometo pasar de largo y no colgar la veinteava en mi salón. Prometo decir a la gente que están ahí y no ponerme frente al escaparate para que nadie más pueda observarlas.
Pero no prometo no soñar contigo y sonreír mientras rezo para quedarme ahí, en ese otro mundo que perdimos un día y que ya no podemos recuperar.



lunes, 21 de mayo de 2012

El cuadro que vino del mar

El segundo relato de la iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré". 
Gracias Larisa Hancu por tu cuadro. ¡Artista!
Aquí dejo lo que salió de mirarlo y mirarlo.







Era azul, como el mar. Siempre le contaron que había venido de allí, de donde se forman las conchas y bucean los cofres de tesoros. Y él se lo creyó porque todavía llevaba chupete y las historias eran sagradas cuando venían de una octogenaria que había sobrevivido a tres guerras.

Tras más de veinte años, el pueblo había cambiado. Muchas casas habían desaparecido, otras estaban abandonadas. El panadero sólo pasaba tres veces por semana y la orilla del río estaba siempre vacía.
Erostes ya sólo tenía atardeceres solitarios, y era el tren el que traía un poco de vida a sus escasos habitantes.

El cuadro que vino del mar se convirtió en una leyenda, y ya nadie en el pueblo lo recordaba.

Un día regresó a buscarlo. Le costó tres noches y cuatro días. Rebuscó entre los escombros y al final lo encontró enterrado entre los restos de una chimenea. Le dijeron que creían que era la casa de Aurora, que murió de vieja hacía años sin que sus hijos volvieran a verla. Se lo habría dado Petra, o Simona, o Gabriela. Al final se había convertido en un pequeño tesoro que iba de casa en casa para que todos pudieran disfrutarlo.
- Lo encontré. Encontré el cuadro que vino del mar- le dijo a uno de los ancianos que quedaban en la plaza del pueblo y lo miraba con atención mientras le quitaba las cenizas.
-Eran las habladurías de las mujeres, siempre les gustaba andarse con misterios. Pero aquí no hay mar muchacho. Está muy lejos.
Sin embargo él sabía que si lo había. Su abuela contaba que lo encontraron en la orilla y que cuando lo tocaron sintieron algo muy especial. Lo trajeron al pueblo y la gente, al reunirse para verlo, decidió que podía adornar cada casa, que podía guardar cada hogar. Así que estipularon que cada una lo guardaría un mes entero y se lo pasaría a la siguiente.
Su abuela  nunca le había dejado tocarlo: Eres demasiado pequeño hijo mio, le decía, te puede hacer ver cosas que no entenderías.
Ahora ya era mayor y quería saber que era lo que pasaba. Lo metió en su coche y se despidió de los pocos aldeanos que lo miraban con nostalgia. Puede que fuera sólo una leyenda, pero él tenía una pared muy luminosa que podía albergarlo. Si era necesario, lo ofrecería a sus amigos. Al final, quizá sólo consistía en eso. En algo que compartir. En algo en que creer.




jueves, 17 de mayo de 2012

El color de las cosas bonitas


Primer relato de la Iniciativa "Dame, doy, ten y yo lo transformaré".
(Foto realizada en Mozambique por José Luis Trueno)




El color de las cosas bonitas...

Cuando me di cuenta de que lo que recorría mi brazo era una gota de sudor, respiré aliviada.
Había tenido tanto pavor a aquel sol tan agobiante del que todos hablaban, a los bichos, a las enfermedades...que no podía concentrarme en nada más. Bebí agua, me protegí con una gorra, me di repelente, llevé pastillas con vitaminas y activé todas las aplicaciones de mi teléfono móvil, por si acaso.

Había viajado a África. Un safari, una visita a algún pueblo remoto, caminatas por la naturaleza frondosa, fotos con personas que luego podía enseñar con orgullo diciendo: "He estado allí". Sólo tenía que intentar evitar la visión de los bichos recorriéndome el cuerpo mientras dormía y volvería a casa con una nueva aventura que contar.

Pero eso no fue lo que sucedió. Algo entre mi estómago y mi corazón se estancó.

Caminando hacia uno de los poblados vi a aquel niño que se nos acercaba con un paraguas rosa. Observé sus pies desnudos, sus bermudas medio rotas, su sonrisa intensa, el paño que recorría su cuerpo sujetando al bebe que llevaba a su espalda, el paraguas que los protegía del sol sofocante...
Sacó de su boca el palo que mascaba y me ofreció su mano al pasar. Por primera vez en aquel viaje tendí la mano a un africano sin sentir asco, incomodidad o lástima. Acaricié al bebe que llevaba a su espalda y creí entender algo más de lo que aquel velo que cubría mis occidentales ojos me había permitido ver hasta el momento.

Le dije al guía que le preguntara a donde iba.
- Al médico con su hermanito que se ha puesto malo.- me dijo.
Y el chico siguió su paso mientras volvía a mascar el palo tranquilamente.

Había visto estas escenas muchas veces en la tele, en exposiciones de fotos, en documentales... pero nunca las había tocado.

Que poco hace falta a veces para cambiar el rumbo de una vida.
Que perfecta sintonía de sentidos convierte una imagen en un futuro.

Tengo esa imagen grabada en mi mente.
Nunca he vuelto a enseñar imágenes victoriosa, sino todo lo contrario. Derrumbada por las realidad injustas. Ahora sujeto esas manos cada día en el centro de inmigrantes donde trabajo.
Las cosas bonitas cambiaron mi rumbo de vida. Ojala todos puedas irse de safari a África y sean capaces de verlas.



(por todos aquellos que todavía creen que otro mundo es posible)

jueves, 19 de abril de 2012

Myself

"So i can shine with my own light", me quedo con esta frase de la canción porque siempre habrá monstruos, pero también maneras de eliminarlos, porque... ¿no nos han dicho desde pequeños que los monstruos no existen? ;)



Anoche vi a los monstruos,
esos seres minúsculos que se cuelan por todas las rendijas,
hasta por las de tus ojos cerrados.

Solía cantar fuerte hasta que desaparecían,
gritarles a la cara, para que supieran que no me asustaba,
entonces se desvanecían.

Pero anoche fue distinto.
Les miré directamente a los ojos,
y eran horribles;
Más de lo que podía imaginar.

Después de eso se fueron.

Entonces supe que estaba sola.
Supe... que estaría sola.

lunes, 16 de abril de 2012

Fly

Porque siempre podremos volar, junto a la canción de Lamb os dejo unas lineas.



Siempre prodremos hacerlo princesa, siempre.
Puede que encontremos las alas estropeadas, pero eso sólo requieren cariño.
Cuando te veo con ese brillo en los ojos y mirando tranquila el horizonte comprendo que un día podrás tocarlo. Sólo estás midiendo la distancia.
Y realmente no hay mucha, pero a veces la oscuridad, simplemente, lo nubla.
Puedo ver lo que vas a vivir.
Puedo ver tus logros y tus derrotas.
Puedo ver ese momento que tanto esperas, cuando se gira y te da un beso y tu sonrisa de después, la frustración tras un desengaño, la ira y tu pelo al viento mientras corres para refugiarte del dolor, la plenitud tras haberlo conseguido, la quietud de lo cotidiano...
Por eso te he dado estas alas, por eso te estoy ayudando para que aprendas a cuidarlas, a esconderlas, a utilizarlas, pero sin agarrarte demasiado a ellas.
Esta noche te he visto mirar la ventana y asomarte más de la cuenta,
pero no te preocupes, un día te habrán crecido lo suficiente como para lanzarte,
Sólo tienes 7 años.

miércoles, 28 de marzo de 2012

SUN

Y con la preciosa voz de FM Laeti, el roce de algo inesperado, los cascabeles que hondean en los mástiles y el reflejo de la ventana... salieron estas palabras.



Sí,

Sube por las piernas sin que te des cuenta, quizá por la brisa y ese candor a contraluz que luce en los parques las tardes de casi verano.

A veces baja hasta los calcetines mientras observas la luz apagarse y repiras fuerte en lo alto de una montana,

Otras veces simplemente te sorprende leyendo y das un respingo.

Quizá sea hablando con alguien mientras, sentada en un banco de una plaza socorrida, comes pipas y tiras las cáscaras al suelo.

O mientras escuchas una canción callejera que te lleva hasta los pies de un instrumento extraño y tus tobillos empiezan a moverse mientras el músico no deja de mirarte con una sonrisa sincera...

Por eso...

¡Sí!

¡Querido!

¡Luce!

¡Haznos sentir!

martes, 7 de febrero de 2012

So far from home...

-->Ben Howard acompaña estas letras con "Old Pine". Algo de lo que hablan los que se van fuera y dejan cosas atrás...

Instrucciónes: Ver el vídeo hasta el minuto 1.20 y empezar a leer.


¡Empezamos Febrero!



Empecé a hacerlo hace tiempo, desde que llegué aquí. Hace tanto... ya no puedo contar los años con una mano y eso me asombra. Ver como pasa el tiempo sin que nos demos cuenta.

Empecé los primeros días, porque necesitaba poner todo lo que arrastraba en orden; y además sabes que hacer las cosas con las manos siempre me ha relajado. Pero nunca pensé que fuera a llevarme tanto tiempo terminarlo.
Primero fueron unas hojas que recogí de unos árboles en pleno otoño, unas semillas del huerto de casa de tus padres que guardaba todavía en una caja, fotos que sacaba los fines de semana que ibamos a andar por la montaña, y utilicé también unas que colaste en mi maleta sin yo saberlo. Luego fui cogiendo recortes de periódicos, flores que sólo crecen aquí, arena, la concha de un caracol... Si, ¡hasta eso!. Poco a poco fui componiéndolo, poco a poco fui dándole forma. Había momentos que me bloqueaba y no conseguía lo que quería, así que lo dejaba y semanas más tarde volvía a ponerme con él.
A veces es difícil mantenerse firme en las decisiones, no pensar en los otros caminos que pudieron existir. Pero delante de una cerveza mientras me dedico a mover el pincel de un lado a otro, suelo cantar la canción que tu tía Julia ponía a todo volumen en la casa del campo los veranos y que decía que "Algo permanece, pese a todo". Eso me calma.

Cuando lo terminé lo coloqué en mi habitación de cañas, aireado por el olor a salitre que entra por la ventana. Estuvo ahí un tiempo, pero por mucho que me gustara no me pertenecía.

Se que quizá no sea el momento para recibirlo, no hemos hablado desde entonces. Aquí las comunicaciones son muy malas y nunca he hecho nada para remediarlo. He preferido no tener demasiadas noticias y vivir de lo que tengo.
Pero lo hice para tí y quiero que lo tengas. Porque al final: Seguimos siendo tú y yo. Y con eso basta. No porque me haya ido lejos todo deja de existir.

Puedes colocarlo en una habitación que nunca pises, puedes regalarlo, o puedes llevarlo a la casa del campo. Pero asegurate de que le da la luz. Sólo eso.
Así lucirá bonito. Como tú.










jueves, 10 de noviembre de 2011

Pintando el mundo


No tenía nada a lo que aferrarse, nada por lo que permanecer más tiempo en este mundo de los vivos; sin embargo este mundo le gustaba. Le gustaba observarlo, sentirlo, llenarse de él. Caminar por los parques, mirar al cielo entre las ramas de los árboles, sentarse a hacer compañía a los ancianos que descansaban en los bancos, abrir la puerta a la gente en las cafeterías, esperar en las lavanderías; ver la nieve caer sobre parejas en la calle, escuchar las risas, ver las sonrisas, los gestos, las muecas; sentir las palabras que se susurraban, las caricias de las madres a sus hijos, los abrazos entre amigos...
Palpitaba su pequeño corazón cada vez que sus sentidos le proporcionaban algo sobre lo que dibujar. Y es que no podía no hacerlo. Siempre con un cuaderno y un lápiz, siempre con los dedos un poquito negros, siempre con esa mirada concentrada para no perder un trazo, para no dejar escapar un sentimiento reflejado en papel.
La única constante era aquel pajarito que cada mañana se posaba en su ventana y esperaba a que ella abriera el cristal recubierto de hierro y con esa delicada mano, casi siempre envuelta en un guante de lana roja porque la calefacción no funcionaba, le diera unas migas de pan.
Desayunaba en cafeterías distintas, aunque en muchas ya le conocían. No por su nombre, o por su apenas audible voz, sino porque nunca se quitaba esos guantes de lana rojos hasta que había pasado un buen rato y porque siempre llevaba un tocado del mismo color con un encaje negro en forma de circulo, y porque acompañaba el té de 4 pastas que se iba comiendo migaja a migaja con una parsimonia relajante.

A veces era casi invisible. La gente pasaba a su lado pero no la veía, sólo la sentía. Sentía algo tan profundo, tan arraigado, que incluso hacía daño. Otras veces le sonreían o le miraban con extrañeza. Se movía con sigilo, como si no quisiera hacer ruido. Y cuando la tocabas tenía la piel tan blanca que parecía transparente.

Ella sentía el mundo. Lo sentía y lo pintaba.

Puede que la veamos algún día en un banco del parque, o sea esa chica que nos cruzamos en la calle y no sabemos porqué pero nos hace girar la cabeza. Puede que sea la que nos sonríe cuando se nos cae algo, o la que ayuda a un señor ciego a no perderse entre los coches. Puede que seamos nosotros.

Quizá un día, tengamos que hablarle.









viernes, 4 de noviembre de 2011

Dulces sueños


Volvemos con algún otro escrito, ya iba siendo hora, aunque estos meses han sido ajetreados; pero esta canción de Laura Jensen y Cary Brothers, "Come pick me up" y esas cosas que a veces pasan a tu alrededor y no te dejan inerte, me han llevado a escribir esto, otra historia para una continuación. Como siempre, leer mientras escucháis esta preciosa canción!





Hoy ha llegado una carta que no quiero abrir. Huele a rancio, a podrido, a algo que se extingue.
Puede que en otro momento me hubiera alegrado, pero ahora, justo ahora, no.
La ventana deja pasar los árboles, el asfalto, el mar al fondo, el sol escondiéndose por el horizonte. Arropada con una fina chaqueta me hago un ovillo en el asiento y cierro fuerte los ojos para llegar cuanto antes, para alejarme de allí, para sentirme otra yo. Paso los pueblos que parecen fantasmas, con las calles semidesiertas, con algún niño jugando a algo que no distingo pero me trae recuerdos olvidados… Intento no derramar ni una, ni una sola; para creerme que soy fuerte.
Me espera un apartamento vacío, una ciudad nueva, una noche llena de silencio y ruido de coches al pasar. Pero casi no duermo y me encantan los reflejos de las luces en el cielo de mi habitación.
Pensaré en mi abuela, en sus refranes, en sus postres de los domingos. Así olvidaré lo que podría poner en esa carta. El amanecer en la gran ciudad me deparará algo bonito, y en la cafetería de la esquina el café por las mañanas será mi amuleto.
Ya queda poco. Sólo cerraré unos minutos los ojos para que llegue antes.
Dulces sueños queridos recuerdos, dulces sueños mi vida.

(Por R, porque hay vidas que se quedan en el camino pero hay preciosas fotografías en nuestras retinas que siguen sonriendo)

martes, 14 de junio de 2011

De cómo el batería se enamoró de la cantante y el circo se marchó de la ciudad

Fui a un concierto, les escuché, historias se intercambiaban en el escenario... y surgió esta




¿Llovía, o no?
¿El viento golpeaba las ventanas o el sol azotaba los postigos?
Da igual.
Él le oyó cantar,
Ella le oyó tocar.
Lo demás…
Tonterías.

Tímidos se observaban de reojo,
Soñadores, recorrían las letras en cada canción,
Nerviosos, una se mordía el labio y el otro no dejaba de mover un pie.

No sabemos si se besaron,
No sabemos si se rozaron,
Pero si nos dimos cuenta de que un día el circo se fue,
Y ella también, con él.
Y luego sólo quedaron los banderines de las carpas tirados en un contenedor.

Uno de ellos está pegado en la batería

jueves, 2 de junio de 2011

Las manos de Almudena

El sábado fui a ver a Almudena Grandes mientras firmaba libros y luego hablaba de su nueva novela: Inés y la Alegría. Me embaucó lo que contaba, en la historia, en los detalles, mientras nos envolvía todos por su voz ronca, pero sobretodo me fijé en sus manos. Y de ahí salió esto.
Acompañado por Joaquín Sabina, una canción de habla de "las vidas que nunca seré"



Frágiles y a la vez enérgicas, adornadas únicamente por un modesto anillo de plata coronado por una piedra negra, se movían frente a su cuerpo mientras su voz iba narrando a los asistentes aquello que se había ido forjando en su mente y ella había ido plasmando en papel.

Y fue Inés el nombre que dijo a la vez que movía las manos de aquella manera peculiar, torcía el labio y volvía a dar vueltas a sus dedos en el aire. Fue Inés porque la tenía dentro desde hacía tiempo, porque la llevaba pegada a su oído dejando que le contara historias, peleándose con ella, a veces haciéndole gestos de entendimiento.
Y sobretodo fue Inés porque ella llevaba varios años apareciéndosele en sueños, mostrándole imágenes de lo que quería que fuera su vida, enseñándole fragmentos de una historia que estaba todavía sin escribir.

Ahora ya tiene su vida hecha, ya ha conseguido lo que quería, ya ha cumplido sus inquietudes. La tinta le ha dejado existir y esas manos le han dado forma.
Ahora la sombra de Almudena lleva otro nombre, sus dedos son guiados por otra voz, sus sueños los ocupa otra historia.
Pero sobretodo sus manos se expresan de otra manera, porque esas manos se mueven al compás de lo que siente y de la historia paralela que anida en su interior. Esas manos las mueve la nueva protagonista que se expresa a través de ella para poder salir un segundo al mundo exterior y decirnos a todos que existe.

lunes, 23 de mayo de 2011

El castillo de Dulzaida

Tras unos días fuera de internet, caminando por parajes de cuentos, ahí va un relato sobre algo que pude ver... ¿porqué no? ;) Ambientado por la música de Find Emma

Musgo, frondosos caminos, barro, hojarasca... Y ahí enclavado, el Castillo de Dulzaida.
Bajaba cada mañana la carretera de piedra en el coche, o esa era la versión oficial, para abrir sus puertas y esperar en la caseta de la entrada a que vinieran los visitantes.
Era un sitio poco conocido, pero siempre se formaba un buen grupo por la mañana, y otro más pequeño por la tarde.
Ella les enseñaba su historia, su construcción, el patio de armas, recorrían los pasillos inferiores, les enseñaba el huerto, subían por las escaleras de caracol, visitaban algunas estancias, la torre de la princesa (bueno, la antigua), y hasta un pasadizo secreto, pero sólo el más corto.
Luego los despachaba a todos. Cerraba bien con el candado, daba de comer a Bobby, el perro que cuidaba el lugar por las noches de los intrusos, y cogía de nuevo el coche. Sólo que una vez llegaba a la tercera curva, se metía un poco en el bosque y dejaba el automóvil tapado entre unos matorrales. Lo recubría con una manta de hojas, le quitaba la matrícula y los objetos personales y se ponía a caminar. Al lado de un árbol, uno como otro cualquiera, palpaba el suelo, levantaba una trampilla y descendía unas escaleras sin dejar rastro. Unos minutos entre pasadizos, cruces y señales falsas y por fin una pared. Accionaba una piedrecita, esperaba y decía una contraseña.
Entonces le abría un señora vestida de sirvienta y le saludaba.
-¿Ha tenido un buen día señorita?
Le ayudaba a quitarse esas ropas tan estrafalarias y le ponía un suntuoso vestido mientras le trenzaba el pelo decorándolo con perlas.
-¿Como está el huerto? - le preguntaba mientras- ¿Y Bobby se porta bien?
Totalmente arreglada subía unas escaleras y la majestuosidad del Castillo le envolvía, con sus tapices colgando, las lamparas y los candelabros, los escudos de armas, las barandillas de oro.
Saludaba a la reina que solía estar tomando el té y pasaba por el salón donde el príncipe tenía a esa hora su clase de esgrima.
-¿Les has contado lo de siempre? - le preguntaba- ¿Alguna novedad?
Y esa noche, mientras se acercaba al jardín trasero para asistir a su clase de canto, se encontró con el ama de llaves y le dijo discretamente.
- Hay que decir a Celestina que no vuelva a acercarse al ala este porque uno de los visitantes le ha visto y se ha pegado un buen susto. He conseguido convencerle que era una señora del pueblo que venía a limpiar.
- No se preocupe princesa, yo hablare con ella.