lunes, 27 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
De cómo el batería se enamoró de la cantante y el circo se marchó de la ciudad
Fui a un concierto, les escuché, historias se intercambiaban en el escenario... y surgió esta
¿Llovía, o no?
¿El viento golpeaba las ventanas o el sol azotaba los postigos?
Da igual.
Él le oyó cantar,
Ella le oyó tocar.
Lo demás…
Tonterías.
Tímidos se observaban de reojo,
Soñadores, recorrían las letras en cada canción,
Nerviosos, una se mordía el labio y el otro no dejaba de mover un pie.
No sabemos si se besaron,
No sabemos si se rozaron,
Pero si nos dimos cuenta de que un día el circo se fue,
Y ella también, con él.
Y luego sólo quedaron los banderines de las carpas tirados en un contenedor.
Uno de ellos está pegado en la batería
¿Llovía, o no?
¿El viento golpeaba las ventanas o el sol azotaba los postigos?
Da igual.
Él le oyó cantar,
Ella le oyó tocar.
Lo demás…
Tonterías.
Tímidos se observaban de reojo,
Soñadores, recorrían las letras en cada canción,
Nerviosos, una se mordía el labio y el otro no dejaba de mover un pie.
No sabemos si se besaron,
No sabemos si se rozaron,
Pero si nos dimos cuenta de que un día el circo se fue,
Y ella también, con él.
Y luego sólo quedaron los banderines de las carpas tirados en un contenedor.
Uno de ellos está pegado en la batería
jueves, 2 de junio de 2011
Las manos de Almudena
El sábado fui a ver a Almudena Grandes mientras firmaba libros y luego hablaba de su nueva novela: Inés y la Alegría. Me embaucó lo que contaba, en la historia, en los detalles, mientras nos envolvía todos por su voz ronca, pero sobretodo me fijé en sus manos. Y de ahí salió esto.
Acompañado por Joaquín Sabina, una canción de habla de "las vidas que nunca seré"
Frágiles y a la vez enérgicas, adornadas únicamente por un modesto anillo de plata coronado por una piedra negra, se movían frente a su cuerpo mientras su voz iba narrando a los asistentes aquello que se había ido forjando en su mente y ella había ido plasmando en papel.
Y fue Inés el nombre que dijo a la vez que movía las manos de aquella manera peculiar, torcía el labio y volvía a dar vueltas a sus dedos en el aire. Fue Inés porque la tenía dentro desde hacía tiempo, porque la llevaba pegada a su oído dejando que le contara historias, peleándose con ella, a veces haciéndole gestos de entendimiento.
Y sobretodo fue Inés porque ella llevaba varios años apareciéndosele en sueños, mostrándole imágenes de lo que quería que fuera su vida, enseñándole fragmentos de una historia que estaba todavía sin escribir.
Ahora ya tiene su vida hecha, ya ha conseguido lo que quería, ya ha cumplido sus inquietudes. La tinta le ha dejado existir y esas manos le han dado forma.
Ahora la sombra de Almudena lleva otro nombre, sus dedos son guiados por otra voz, sus sueños los ocupa otra historia.
Pero sobretodo sus manos se expresan de otra manera, porque esas manos se mueven al compás de lo que siente y de la historia paralela que anida en su interior. Esas manos las mueve la nueva protagonista que se expresa a través de ella para poder salir un segundo al mundo exterior y decirnos a todos que existe.
Acompañado por Joaquín Sabina, una canción de habla de "las vidas que nunca seré"
Frágiles y a la vez enérgicas, adornadas únicamente por un modesto anillo de plata coronado por una piedra negra, se movían frente a su cuerpo mientras su voz iba narrando a los asistentes aquello que se había ido forjando en su mente y ella había ido plasmando en papel.
Y fue Inés el nombre que dijo a la vez que movía las manos de aquella manera peculiar, torcía el labio y volvía a dar vueltas a sus dedos en el aire. Fue Inés porque la tenía dentro desde hacía tiempo, porque la llevaba pegada a su oído dejando que le contara historias, peleándose con ella, a veces haciéndole gestos de entendimiento.
Y sobretodo fue Inés porque ella llevaba varios años apareciéndosele en sueños, mostrándole imágenes de lo que quería que fuera su vida, enseñándole fragmentos de una historia que estaba todavía sin escribir.
Ahora ya tiene su vida hecha, ya ha conseguido lo que quería, ya ha cumplido sus inquietudes. La tinta le ha dejado existir y esas manos le han dado forma.
Ahora la sombra de Almudena lleva otro nombre, sus dedos son guiados por otra voz, sus sueños los ocupa otra historia.
Pero sobretodo sus manos se expresan de otra manera, porque esas manos se mueven al compás de lo que siente y de la historia paralela que anida en su interior. Esas manos las mueve la nueva protagonista que se expresa a través de ella para poder salir un segundo al mundo exterior y decirnos a todos que existe.
lunes, 23 de mayo de 2011
El castillo de Dulzaida
Tras unos días fuera de internet, caminando por parajes de cuentos, ahí va un relato sobre algo que pude ver... ¿porqué no? ;) Ambientado por la música de Find Emma
Musgo, frondosos caminos, barro, hojarasca... Y ahí enclavado, el Castillo de Dulzaida.
Bajaba cada mañana la carretera de piedra en el coche, o esa era la versión oficial, para abrir sus puertas y esperar en la caseta de la entrada a que vinieran los visitantes.
Era un sitio poco conocido, pero siempre se formaba un buen grupo por la mañana, y otro más pequeño por la tarde.
Ella les enseñaba su historia, su construcción, el patio de armas, recorrían los pasillos inferiores, les enseñaba el huerto, subían por las escaleras de caracol, visitaban algunas estancias, la torre de la princesa (bueno, la antigua), y hasta un pasadizo secreto, pero sólo el más corto.
Luego los despachaba a todos. Cerraba bien con el candado, daba de comer a Bobby, el perro que cuidaba el lugar por las noches de los intrusos, y cogía de nuevo el coche. Sólo que una vez llegaba a la tercera curva, se metía un poco en el bosque y dejaba el automóvil tapado entre unos matorrales. Lo recubría con una manta de hojas, le quitaba la matrícula y los objetos personales y se ponía a caminar. Al lado de un árbol, uno como otro cualquiera, palpaba el suelo, levantaba una trampilla y descendía unas escaleras sin dejar rastro. Unos minutos entre pasadizos, cruces y señales falsas y por fin una pared. Accionaba una piedrecita, esperaba y decía una contraseña.
Entonces le abría un señora vestida de sirvienta y le saludaba.
-¿Ha tenido un buen día señorita?
Le ayudaba a quitarse esas ropas tan estrafalarias y le ponía un suntuoso vestido mientras le trenzaba el pelo decorándolo con perlas.
-¿Como está el huerto? - le preguntaba mientras- ¿Y Bobby se porta bien?
Totalmente arreglada subía unas escaleras y la majestuosidad del Castillo le envolvía, con sus tapices colgando, las lamparas y los candelabros, los escudos de armas, las barandillas de oro.
Saludaba a la reina que solía estar tomando el té y pasaba por el salón donde el príncipe tenía a esa hora su clase de esgrima.
-¿Les has contado lo de siempre? - le preguntaba- ¿Alguna novedad?
Y esa noche, mientras se acercaba al jardín trasero para asistir a su clase de canto, se encontró con el ama de llaves y le dijo discretamente.
- Hay que decir a Celestina que no vuelva a acercarse al ala este porque uno de los visitantes le ha visto y se ha pegado un buen susto. He conseguido convencerle que era una señora del pueblo que venía a limpiar.
- No se preocupe princesa, yo hablare con ella.
Musgo, frondosos caminos, barro, hojarasca... Y ahí enclavado, el Castillo de Dulzaida.
Bajaba cada mañana la carretera de piedra en el coche, o esa era la versión oficial, para abrir sus puertas y esperar en la caseta de la entrada a que vinieran los visitantes.
Era un sitio poco conocido, pero siempre se formaba un buen grupo por la mañana, y otro más pequeño por la tarde.
Ella les enseñaba su historia, su construcción, el patio de armas, recorrían los pasillos inferiores, les enseñaba el huerto, subían por las escaleras de caracol, visitaban algunas estancias, la torre de la princesa (bueno, la antigua), y hasta un pasadizo secreto, pero sólo el más corto.
Luego los despachaba a todos. Cerraba bien con el candado, daba de comer a Bobby, el perro que cuidaba el lugar por las noches de los intrusos, y cogía de nuevo el coche. Sólo que una vez llegaba a la tercera curva, se metía un poco en el bosque y dejaba el automóvil tapado entre unos matorrales. Lo recubría con una manta de hojas, le quitaba la matrícula y los objetos personales y se ponía a caminar. Al lado de un árbol, uno como otro cualquiera, palpaba el suelo, levantaba una trampilla y descendía unas escaleras sin dejar rastro. Unos minutos entre pasadizos, cruces y señales falsas y por fin una pared. Accionaba una piedrecita, esperaba y decía una contraseña.
Entonces le abría un señora vestida de sirvienta y le saludaba.
-¿Ha tenido un buen día señorita?
Le ayudaba a quitarse esas ropas tan estrafalarias y le ponía un suntuoso vestido mientras le trenzaba el pelo decorándolo con perlas.
-¿Como está el huerto? - le preguntaba mientras- ¿Y Bobby se porta bien?
Totalmente arreglada subía unas escaleras y la majestuosidad del Castillo le envolvía, con sus tapices colgando, las lamparas y los candelabros, los escudos de armas, las barandillas de oro.
Saludaba a la reina que solía estar tomando el té y pasaba por el salón donde el príncipe tenía a esa hora su clase de esgrima.
-¿Les has contado lo de siempre? - le preguntaba- ¿Alguna novedad?
Y esa noche, mientras se acercaba al jardín trasero para asistir a su clase de canto, se encontró con el ama de llaves y le dijo discretamente.
- Hay que decir a Celestina que no vuelva a acercarse al ala este porque uno de los visitantes le ha visto y se ha pegado un buen susto. He conseguido convencerle que era una señora del pueblo que venía a limpiar.
- No se preocupe princesa, yo hablare con ella.
domingo, 8 de mayo de 2011
PARA FER y NALIA
Blind Pilot me dio el fondo perfecto para este texto. Un descubrimiento encantador! (escuchad los coros escondidos al final en la voz de una chica) Y la foto es de un escaparate que suelo ver. La protagonista, una mezcla de una niña a la que pillé mirando una vez y una joven con la que me choqué un día.

El vestido lo había visto en el escaparate de una tienda, ahí puesto, sobre un maniquí sin cabeza. Quizá eso quería decir algo, pero no lo pensó.
No era demasiado llamativo, más bien sencillo, como siempre había imaginado; por que eso es algo que todas, desde niñas, imaginan alguna vez.
Con su madre había ido a comprar los zapatos, blancos y con mucho tacón (ella no era muy alta); Y su tía le había regalado un tocado muy elegante.
Quedaba sólo un mes y tenía una enorme hoja pegada en el frigorífico de su casa en la que iba tachando lo que ya había hecho, como encargar las flores, distribuir las mesas, elegir los detalles... Y en la mesa del salón, una caja llena de invitaciones.
Ese mediodía fue a casa de su madre a comer. En la cocina, de la ventana que daba al patio, siempre abierta, podía escuchar los cuchicheos de las vecinas. Siempre conversaban mientras cocinaban, recubriendo las paredes blancas de cotilleos, gritos de sorpresa, indignación... Pero estos últimos meses la frase que más salía de sus bocas y resonaba entre las plantas y el olor a cocido, era "la boda de tu hija", lo que hacía que la cara de su madre mostrara una mezcla de orgullo e incomodidad.
Nada más llegar, se sentó en la mesa y abrió una carta de una antigua compañera de facultad que su madre había dejado en el recibidor. Hablaba de una casa en el campo, de un trabajo agobiante, de un niño pequeño que había nacido con un problema, de una caravana que se acababa de comprar... La leyó y se quedó unos segundos mirando las baldosas pulcramente limpias que tanto le recordaban a su niñez.
Era el primer momento desde que habían anunciado que se casaban que había permitido vagar su mente y dejarla libre.
-Mamá
-¿Si hija? - dijo ésta mientras revolvía algo frente a los fuegos.
-No voy a casarme.
Y las dos callaron.
Su madre ya lo sabía. Pero ella no. Había necesitado seguir con esa parafernalia para darse cuenta de que no quería hacerlo. De que era algo banal y absurdo, de que se podía vivir sin ese título y ser igual de feliz, de que no podía sucumbir ante algo que se había desvirtuado.
-Mamá - volvió a repetir.
-¿Si hija?
-¿Vamos esta tarde a devolver los zapatos?
El vestido lo había visto en el escaparate de una tienda, ahí puesto, sobre un maniquí sin cabeza. Quizá eso quería decir algo, pero no lo pensó.
No era demasiado llamativo, más bien sencillo, como siempre había imaginado; por que eso es algo que todas, desde niñas, imaginan alguna vez.
Con su madre había ido a comprar los zapatos, blancos y con mucho tacón (ella no era muy alta); Y su tía le había regalado un tocado muy elegante.
Quedaba sólo un mes y tenía una enorme hoja pegada en el frigorífico de su casa en la que iba tachando lo que ya había hecho, como encargar las flores, distribuir las mesas, elegir los detalles... Y en la mesa del salón, una caja llena de invitaciones.
Ese mediodía fue a casa de su madre a comer. En la cocina, de la ventana que daba al patio, siempre abierta, podía escuchar los cuchicheos de las vecinas. Siempre conversaban mientras cocinaban, recubriendo las paredes blancas de cotilleos, gritos de sorpresa, indignación... Pero estos últimos meses la frase que más salía de sus bocas y resonaba entre las plantas y el olor a cocido, era "la boda de tu hija", lo que hacía que la cara de su madre mostrara una mezcla de orgullo e incomodidad.
Nada más llegar, se sentó en la mesa y abrió una carta de una antigua compañera de facultad que su madre había dejado en el recibidor. Hablaba de una casa en el campo, de un trabajo agobiante, de un niño pequeño que había nacido con un problema, de una caravana que se acababa de comprar... La leyó y se quedó unos segundos mirando las baldosas pulcramente limpias que tanto le recordaban a su niñez.
Era el primer momento desde que habían anunciado que se casaban que había permitido vagar su mente y dejarla libre.
-Mamá
-¿Si hija? - dijo ésta mientras revolvía algo frente a los fuegos.
-No voy a casarme.
Y las dos callaron.
Su madre ya lo sabía. Pero ella no. Había necesitado seguir con esa parafernalia para darse cuenta de que no quería hacerlo. De que era algo banal y absurdo, de que se podía vivir sin ese título y ser igual de feliz, de que no podía sucumbir ante algo que se había desvirtuado.
-Mamá - volvió a repetir.
-¿Si hija?
-¿Vamos esta tarde a devolver los zapatos?
Y su madre asintió mientras seguía pelando alguna verdura.
miércoles, 20 de abril de 2011
Disfuncional
Y con esta canción de Hermanas sister, va un nuevo texto para estas tardes de sol
Ruth era disfuncional. Lo arreglaba intentando sobresalir en algo, como por ejemplo en hacer figuras con papel, pero a veces le salían torcidas y entonces las tiraba a la basura, y el portero las recogía y se las daba a sus hijos para que jugaran, porque a él le parecían lindas marionetas que alguien podía darles vida. Y sus hijas, las llevaban a la escuela, y varios niños jugaban con ellas en el patio y se iban a sus casas hablando de ellas.
Otras veces, Ruth, lo arreglaba pintando en los cristales de la cocina. Hacía bellas formas con los pinceles y esperaba a que le diera el sol para que proyectara luces de colores en las baldosas frías. Y desde la calle las vecinas podían ver el colorido, y sonreían, y se lo contaban unas a otras, a veces hasta descolgaban el teléfono para llamar a sus parientes y en las conversaciones se lo contaban, y ellos abrían mucho la boca y se imaginaban todo como una postal, donde el color sale sólo de una ventana mientras el sol se apaga.
Y otras veces, Ruth, tiraba mensajes que no se atrevía a decir en voz alta a nadie. Recortaba unos papelitos con formas y escribía palabras bonitas que caían sobre las calvas de los viandantes, en las bolsas de la compra de las señoras, a los pies de las mamás que iban con su hijos, en las mochilas de los adolescentes... y todos estos se sorprendían cuando los encontraban, luego esbozaban una sonrisa, y luego se sentían tan bien que aquel día ya estaba todo resuelto.
Y lo más triste era cuando mirabas hacia arriba y veías a Ruth asomada a la ventana pero sin querer que la viesen. Pero muchos hacían como que no la veían y seguían sonriendo su camino. Así ella se sentía tranquila y podía asomarse un poquito más.
Ruth era disfuncional. Lo arreglaba intentando sobresalir en algo, como por ejemplo en hacer figuras con papel, pero a veces le salían torcidas y entonces las tiraba a la basura, y el portero las recogía y se las daba a sus hijos para que jugaran, porque a él le parecían lindas marionetas que alguien podía darles vida. Y sus hijas, las llevaban a la escuela, y varios niños jugaban con ellas en el patio y se iban a sus casas hablando de ellas.
Otras veces, Ruth, lo arreglaba pintando en los cristales de la cocina. Hacía bellas formas con los pinceles y esperaba a que le diera el sol para que proyectara luces de colores en las baldosas frías. Y desde la calle las vecinas podían ver el colorido, y sonreían, y se lo contaban unas a otras, a veces hasta descolgaban el teléfono para llamar a sus parientes y en las conversaciones se lo contaban, y ellos abrían mucho la boca y se imaginaban todo como una postal, donde el color sale sólo de una ventana mientras el sol se apaga.
Y otras veces, Ruth, tiraba mensajes que no se atrevía a decir en voz alta a nadie. Recortaba unos papelitos con formas y escribía palabras bonitas que caían sobre las calvas de los viandantes, en las bolsas de la compra de las señoras, a los pies de las mamás que iban con su hijos, en las mochilas de los adolescentes... y todos estos se sorprendían cuando los encontraban, luego esbozaban una sonrisa, y luego se sentían tan bien que aquel día ya estaba todo resuelto.
Y lo más triste era cuando mirabas hacia arriba y veías a Ruth asomada a la ventana pero sin querer que la viesen. Pero muchos hacían como que no la veían y seguían sonriendo su camino. Así ella se sentía tranquila y podía asomarse un poquito más.
miércoles, 13 de abril de 2011
UNA LINEA
Rodeada de la quietud de la plaza, la luz se iba extinguiendo mientras miraba el palacio. Ahí arrinconada, en un banco rodeado de césped, observaba sus piedras con curiosidad y empeño por discernir cada grieta, cada recoveco, cada torre...
Cogí el lápiz y empecé a dibujar cada línea... como se cortaba y seguía ascendiendo; como daba un giro y se convertía en torreón; luego descendía paredes y se convertía en una puerta, en un cincel, en una gárgola...
Y mientras movía mi mano creando negros y grises, escuché una música que venía de la plaza de al lado, donde la iglesia había cerrado su portón hacía unas horas y sólo quedaban los pasos extinguidos de los viandantes. Era un voz ronca que se desgarraba al rasgar las cuerdas de una guitarra, que hablaba de historias prohibidos, lejanías y desamores.
Sentí como se impregnaba mi papel de notas musicales y se convertía en un dibujo en movimiento, como la música hacía hondear las ramas de los árboles y alumbraba velas en las ventanas.
Cuando ya se hizo de noche y la música se iba apagando, me levanté rápidamente para poder poner rostro a aquella voz ensoñadora. Doblé la esquina y penetré en la plaza dejando caer unas monedas sobre la funda de la guitarra, viendo por el rabillo del ojo como aquel gitano me observaba y se daba cuenta de que yo tenía algo de esa música en mis venas.
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