Me puse el collar frente al espejo y miré el móvil. Las 8:39. Observé la cama a medio hacer y el cuadro de la cabecera, una copia de un Botticelli que adquirimos hacía años en una subasta. La ventana abierta y la cortina hondeando...
Cogí el bolso y abandoné la habitación, dejándolo en la entrada, dónde sobre una mesita un marco de fotos me devolvía una imagen feliz que ya no me decía nada. Escuchaba el tic tac del reloj del salón, las 8:51.
Entré en la cocina y bebí un poco de té que reposaba en una caza en la encimera. Mientras me llevaba la taza a la boca observé el árbol que se veía tras la ventana, las hojas estaban empezando a caer y la vecina salía alejándose por el camino de la entrada.
Me fijé en la lista de cosas por hacer que colgaba de la nevera y vi que todavía quedaban cuatro, todas pensadas en común. En el reloj del frigorífico marcaban las 8:54. Dejé la taza en la pila y abrí el armario de entrada. Los skies descansaban al fondo, pero tan sólo cogí uno de mis abrigos. Cerré las puertas y apoyé mi cabeza cerrando los ojos. Respiré. Los volví a abrir y me coloqué el gorro frente al espejo. Escuché la bocina y cogí mi bolso. Saque una nota, la coloqué en la entrada y agarré la maleta con la otra mano. Pisé a la calle y el taxista salió a ayudarme a colocarla en el maletero. Me senté en el asiento de atrás y este arrancó. Miré el reloj de la radio, eran las 8:57.
Esta vez la foto la hice yo. Todo empezó por eso, por esta foto, luego el título partido, luego una idea, luego una señora que paró su coche en el paso de peatones, me sonrió y me preguntó por un colegio... y asi, surgió... Amenizado con la música de Bright Eyes.
Era un lugar como otro cualquiera, sólo que las luces del escaparate parpadeaban, y eso llamaba a un tipo de personas.
Pasaba por delante de ella cada día cuando salía de trabajar. Me fijaba en sus agendas con fotos antiguas, en sus cubiletes de madera, en sus huchas de barro, en los maletines, en las carpetas marrones...
De vez en cuando algo me atraía y entraba, sin saber qué comprar.
- Un sobre pequeño, por favor... - pedía en ocasiones o -... un lápiz de punta fina - en otras.
Siempre me atendía un señor enjuto, con gafas cuadradas, desaliñado, con aire abstracto.
Ese día estaba haciéndose de noche cuando salí de trabajar. Saludé al conserje con la mano, descendí las escaleras distraída mientras me colocaba los guantes y observé cómo la luz de las farolas parpadeaba sin razón. Sentí un escalofrío. Ciertos recuerdos que no recordaba haber vivido empezaron a golpear mi cabeza y la agité de un lado a otro para intentar evitarlos.
Cuando salí a la calle me choqué con un señor que hablaba por su móvil. Me sonrió, y creí notar cierto gesto familiar en su rostro.
- Voy a comprar los pedidos y regreso a casa, cariño. No tardo - terminó de decir a su interlocutor.
- Disculpa, joven - me dijo, y siguió caminando.
Un poco más adelante, mientras cruzaba el paso de peatones, un coche se detuvo a mi lado. Se bajó la ventanilla y una mujer de melena negra me sonrió y posando la mano sobre su hijo pequeño movió sus rojos labios:
- Perdona, ¿sabes donde hay una papelería? –me preguntó.
Giré la cabeza en dirección a la siguiente manzana y le señalé lo que ella me había preguntado. El anillo que llevaba en su mano me había dejado muda. Me quedé quieta esperando que el semáforo cambiara de color y un joven cartero paso junto a mí, con prisa, mirando los coches y me sonrió.
- Parece que va a llover – comentó. Sus hoyuelos me resultaron cómplices.
- Puede – le dije yo.
- Voy a dejar el correo ahí en frente, espero llegar -dijo señalando el escaparate parpadeante. Y cruzó la calle cuando sonó el primer trueno.
Completamente descolocada no reparé en una señora ciega que esperaba para cruzar a mi lado.
-Señorita, le agarro el brazo, si es tan amable, el suelo se va a volver muy resbaladizo.
La miré al sentir su contacto y musité un leve "Claro", mientras comenzaba a caminar.
- Señorita, ¿me leería este papel? - me dijo mostrándome un panfleto.
- ¿Disculpe? -le pregunté sin enterarme, mi cabeza pensaba demasiado deprisa.
- Que si este papel leería –volvió a decir.
La miré siendo consciente de que sentía mi mirada penetrante. Supongo que ésa era la palabra clave. La había visto durante tanto tiempo escrita, y nunca había pensado nada...
- Vamos Iria -me dijo ahora con cariño- ya sabes donde me tienes que llevar.
Seguimos cruzando la calle lentamente, en silencio, mientras mis pensamientos y mis recuerdos intentaban ordenarse.
- ¿Puedo preguntarte algo abuela? - le dije.
- Sí, hija.
- ¿Por qué ahora? – le pregunté.
- Porque es el momento.
- ¿El momento de qué? – le insistí.
-De actuar – respondió ella.
- ¿Y por qué no nos conocíamos hasta ahora? - pregunté extrañada.
- Sí que nos conocíamos, pero no era seguro que lo recordaras.
- ¿Y cómo...? – repliqué.
- No, pequeña, eso no te lo puedo contar. Sólo te diré que había dos palabras que tenías que recordar, y están escritas a la tienda a la que me llevas. Ellas te ayudaron a no perderte, a saber siempre que este día llegaría y tenías que estar preparada.
- ¿Y los demás? – volví a preguntarle.
- Cada uno a su manera, cada uno diferente. Ahora vamos, nos esperan.
Empujé la puerta de la papelería y allí estaban todos: mi hermana con su hijo, llevaba un anillo idéntico al mío; mi tío con su móvil en la mano, su sonrisa me resultaba familiar; mi primo, con sus hoyuelos bien marcados; y el dependiente, el hermano de mi abuela.
Ella cerró la puerta, echó el cerrojo y tiró de un cordel por el cual se deslizó una persiana que nos separó de la calle.
- Aquí estamos los que hemos sobrevivido - empezó diciendo mi tío abuelo. - Este día tenía que llegar.
Con una foto de Helena del Pozo y una canción de Marwan se tejió esta pequeña sucesión de frases que adornan mi letargo tras semanas donde el tiempo se ha esfumado
Otra vez me dejas Madrid para mí...
Ayer
te besé.
Tu piel húmeda y grumosa dejó
una gelatina suave alrededor de mis labios,
y el amarillo de tus ojos
se clavó con asombro en mi pupila.
Cierro los ojos y escucho tu voz,
esa que me susurraba historias por la noche,¿o era yo?,
y me mecía las tardes lluviosas de invierno.
Y es que lo único que importa es la voz,
lo demás es una carcasa,
que se empeña en distraernos,
pero sin la que las sensaciones
no serían igual.
¿no puedo enamorarme de una rana?
Ahora,
Mientras camino ya de noche de vuelta a casa,
el frío se adueña de cada esquina,
y los semáforos marcan ritmos tranquilos,
Y si me escondo tras la bufanda,
y miro las luces de los escaparates,
creo verte reflejado,
creo ver como me miras
a miles de kilómetros de distancia.
Si quieres subimos a casa, y... salvamos el mundo... y nos decimos lo importante sin hablar...
Y ya de noche,
leo en una esquina de la cama,
dejándote la otra mitad,
Mientras la luz de la mesilla ilumina en el suelo tus ultimas pisadas,
y siento un ligero viento que penetra tras la ventana mal cerrada,
puede que lo hayas mandado tu desde el otro lado del océano,
y oigo un maullido,
puede que ahora seas un gato,
por eso hablo con él,
y me acurruco a su lado mientras me deja acariciarle.
Y en Madrid cuando se hace de noche, y me falta tu cuerpo, vienes sin permiso, protestando el invierno y mis dedos preguntan donde te has metido...
Ya estoy dormida,
y creo que estoy hablando en sueños,
en idiomas ininteligibles,
porque la realidad por una vez no hace justicia,
porque lo que una vez nos enseñaron a sentir se ha transformado,
porque idear lo que uno añora es la forma de salvar tu mundo,
porque las lineas divisorias que a veces pasamos nos petenecen más que nunca,
porque el océano no es tan grande,
porque...
Esta canción de Sara Bareilles (mi preferida), me transporta a un mundo de niebla, me llena de sentimiento y me transmite... de todo un poco. Ahi va... una pequeña mezcla de recuerdos, seguro que se acerca a la vida de alguien, aunque sea al otro lado del océano
Sentí un placer ligero mientras el agua recorría con tibieza mi cuerpo. Cerrando los ojos apoyada en las frías baldosas de la pared, debajo del chorro notando el calor en mi piel hasta sentir como se coloreaba, pensaba en todo y nada.
El vaho me transladó a la estación, una mañana helada con niebla esperando el tren sin palabras que mediaran ese incómodo silencio que había entre nosotros. Mi padre sujetaba la maleta y esperaba pacientemente mientras yo intentaba buscar algo que decirle para apaciguar su dolor. Subí las escaleras del vagón y desde mi asiento vi como se calaba bien la cazadora y me veía alejarme...
Después apareció la ventana del ático de la escuela, donde Bea y yo nos escríamos mensajes en los cristales cuando se empañaban en invierno, mientras la lluvia empapaba los inmensos jardines donde nos perdíamos cada tarde...
El humo de las hogueras de San Juan perdiéndose en la lejanía, al igual que la vergüenza tras varias cervezas y la oportunidad de hacer aquello que normalmente estaba prohibido...
Una tarde de granizo en la que el ambiente creaba un ambiente distorsionado y tuve que pararme en una tienda de fruta a esperar a que se despejara, y tras una hora de charla la dependienta se convirtió en mi familia en esa gran ciudad...
También vino una noche donde un humo de olores inundaba la discoteca en la que mi prima se casaba con mi mejor amigo, aquel que un día me juró amor eterno y luego no lo cumplió...
El polvo del camino mientras veía partir un coche que se llevaba todas las esperanzas que había puesto en una vida en común...
La llovizna de madrugada al lado del hospital cuando el futuro me brindó la oportunidad de volver a soñar...
La luz cegadora de las tardes de otoño cuando volvía a casa arrastrando un coche de capota y un perro llamado Teo...
Y todo volvió a la realidad cuando Linda golpeó con sus patitas la mampara de la ducha.
Una mezcla de esta foto que me pasaron y un sentimiento que se apodera de las incongruencias, o no, del mundo. Lo demás... espero que imaginación! ;)
Y todo acompañado por la magnífica música de Laura Jansen y su igual de paranoico vídeo clip
¿Y qué si me has engañado y has jugado a seducirme?
Cuando era pequeña solía sentarme con mis tías en la cocina a escuchar las radionovelas, y en vez de llorar como ellas y suspirar tan hondo que parecía que iban a asfixiarse, rellenaba los cuadernos haciendo dibujos que no podía enseñar a nadie, porque siempre se hacían realidad.
Creo que quizá no has existido y puede que opte por cerrar así la historia. Quedaría bien en mi lista de relaciones fallidas un galán embaucador tan atento que estuve a punto de comprarle un sombrero.
Mis tías solían mandarme a dar una vuelta para poder invitar a sus amigas a casa con el pretexto de que me paseaba tan sigilosamente por la casa que siempre les asustaba. Luego me regañaban por llegar tarde, por parecer tan desaliñada, por ser tan callada, por estar siempre en mi mundo y dibujar cosas extrañas. En definitiva, por cualquier cosa.
Nunca entraban en mi habitación, creo que les daba miedo, igual que nunca me tocaban. Sentía que se les erizaba la piel cuando yo estaba un poco más cerca de lo habitual.
Ayer me devolvieron una carta que te envié. Sentí vértigo y desconcierto al principio, pero al volver la vista atrás me di cuenta que había obviado una pequeña premonición de lo que podía pasar. Sería fácil retroceder unos pasos hacia atrás hasta hacer que no hubiera sucedido; si es que es así, porque no estás aqui para que pueda rozarte...
Una vez dibujé un perro que era atropellado por un camión de mudanzas. Fue en preescolar, y mi compañera de pupitre vino llorando al día siguiente diciendo que había matado a su Bobby.
Nunca tuve muchas amigas. Solía dibujarlas, y por las noches me venían a ver.
Sí, creo que no has existido. Tu olor ya no inunda mis sábanas y mi piel se ha vuelto blanca. Y si lo has hecho, entonces ha sido como una balada, que dura lo que tardas en darte la vuelta.
Una vez un chico me sacó a bailar en las festas de San Bartolomé. Mientras me movía iba pensando en los extraños gestos que pone la gente cuando la música está tan alta que no se puede hablar, y me pilló desprevenida la pregunta de mi pareja: -¿Por qué tienes un cocodrilo en el pelo?. Me separé un poco y le miré fijamente. Supe en ese momento que él tampoco iba a entenderme. - Me gustan los reptiles - le dije incapaz de mentir. Y me callé lo siguiente: - Son mis amigos, viven conmigo.
Tú si que me entendías. Un día te enseñé los móviles de papel que cuelgan del cuarto del fondo y no te asustaste. Ni siquiera cuando viste mi escritorio lleno de pinturas y libros en latín. -¡Qué cocodrilos más reales tienes ahí! - me dijiste al ver los bocetos y las miniaturas. Recuerdo que esa noche bebimos una copa de brandy y fumamos tabaco de liar.
En la librería donde trabajo el señor es ya muy mayor y además es ciego. Como sólo escucha mi voz, y siempre me han dicho que tengo un tono muy tranquilizador, conservo el puesto sin problemas.
Cuando las clientas le dicen que soy un tanto rara, el me dice muy bajito: - Tonterías, es que esta gente que ve tiene unos prejuicios... Y me frota el brazo de arriba abajo con todas sus fuerzas.
Un día me susurraste al oído y yo te creí, pero sólo un poquito, porque no estoy acostumbrada a confiar en nadie. Luego te miré y supe que me habías descubierto. Vi la cola de Matilde escondiéndose tras la estantería.
No lo recuerdo muy bien porque era muy pequeña cuando mi madre todavía existía, pero solía contarme cuentos de animales antes de dormir y me los imaginaba como algo tan real que no sabía hasta donde llegaba mi imaginación. Eso lo aprendí más tarde, pero fui la única porque todos los demás se perdieron mi enrevesado mundo.
Y bueno, si al final te he soñado o simplemente has querido cortejarme, ya no me preocupa demasiado. Me he mirado en el espejo y media sonrisa a asomado a mi cara. Me he pintado los labios y he salido a chupar frío dejando en mi mesa un dibujo a medio hacer. En él hay un cocodrilo acabando de comer, y entre los dientes sostiene un bombin antiguo. Lo malo es que no recuerdo si llegue a comprarle ese sombrero, aunque... que más da. No existes de todos modos, o por lo menos vas a dejar de hacerlo.
Con una foto de Helena del Pozo y una canción de Ben Harper, la letra de este mini relato, después de dos semanas de parón, cobra más sentido. Espero que la disfrutéis
A Estela le escribían tres hombres.
Desde cualquier rincón del mundo el mejor amigo de su padre le mandaba postales y regalos. Se tomaba muy en serio su condición de padrino y ni una vez faltó en las fechas importantes, y en las demás tampoco.
Desde Australia su hermano mayor le enviaba cartas cada mes hablándole de playas idílicas, animales extraños y desiertos con los que tenía pesadillas. Hacía años que vivía fuera y trataba de no alejarse demasiado de lo que una vez fue su hogar.
Y desde dos manzanas más abajo el bibliotecario le enviaba rigurosamente cada semana unas letras para avisarle de las novedades y los cotilleos. La había adoptado como la nieta que nunca tuvo, aquella que se hubiera perdido entre las cientos de estanterías de libros que componían aquella sala enorme del pueblo donde ella había pasado tantas horas hasta que terminó el bachillerato.
Pero ella sólo escribía a un hombre, sólo a uno. Bernabé di Lousso, el saxofonista que tocaba cada tarde en la esquina del mercado.
Cada viernes iba con su abuelo a comprar la cena familiar y ella se escabullía con disimulo. Se entretenía mirando los botes de golosinas del puesto de la esquina y su abuelo terminaba por comprarle unas cuantas que ella guardaba en el fondo del bolsillo de su abrigo, porque en realidad no le gustaban. Lo que hacía era quedarse cerca de la puerta para dejar que le invadiera esa música que le erizaba la piel; y cuando salían cargados de bolsas se rezagaba un poco y dejaba caer un papel bien doblado sobre el estuche del instrumento que descansaba en el suelo. A veces le miraba y veía como una sonrisa se reflejaba en su rostro, entonces corría detrás de su abuelo perdiendo el aliento.
Ya de mayor intentó recordar un día qué escribía en esas notas, pero sólo vinieron unas pocas ideas a su cabeza:
"Su música me gusta más que jugar con mis gatos" "La profesora nos hizo hacer una redacción sobre alguien que no conocíamos y yo la hice sobre usted" "Un día vine con la grabadora de mi padre y le grabé tocando. A veces lo escucho en casa con el sonido bajito para que no se entere nadie" "Empecé a dar clases de violín y me han dicho que tengo buen oído" "El otro día participé en un concierto"
Y también de mayor, un día acompañó a su tía a servir la cena en un comedor de indigentes y un anciano se le acercó y le miró fijamente:
- Señorita, usted frecuentaba el mercado de San Bartolomé ¿no es cierto?
- Sí – dijo ella frunciendo el cejo.
- Pues debe saber que a este pobre músico le salvo muchas noches tristes con sus inocentes palabras.
Una atrayente foto de Fernando Mejía acompaña este escrito que se mece suavemente con la canción de Rose
La encontré en una cajita de madera al fondo de un cajón. Ella la escondía ahí, envuelta en un pañuelo bordado que nunca había visto.
La imagino sentada en una esquinita de su cama, cerca de la cortina para que la luz iluminara los relieves de esa caja que seguramente tardaba en abrir, tocándola millones de veces. Observaba el cielo azul y lleno de nubes, y quizá cerraba un poco los ojos y dejaba que las imágenes atravesaran sus pensamientos.
Quiso al abuelo, eso lo se. Por la forma en que le miraba cuando se apoyaba en el marco de la puerta, por como se reía cuando él decía cualquier tontería, por como miraba por la ventana y lo veía alejarse cada mañana.
Pero su interior guardaba algo más que nunca nos reveló.
La lista a cosas por hacer.
La lista de deseos que hubiera querido hacer con esa persona que la guerra le arrebató.
Se sentaba a mi lado y me metía los bocados de lomo en la boca para que comiera, acariciaba durante horas la espalda de mi hermano que no se dormía sin el calor de Yago a su lado, se acercaba a la habitación de papá y le dejaba las camisas planchadas en su cama cada tarde, cantaba canciones al oido de mi hermana que extrañaba la suave voz de mamá...
Pero una tarde, después de su funeral, mientras ordenaba sus cosas y las metía en bolsas la encontré. Perfectamente doblada, junto a una foto de un joven con uniforme. Su nombre y una inscripción en el dorso hizo que mi piel se erizara y entonces fui yo la que descorrí un poco la cortina, miré ese cielo, cerré los ojos, suspiré y sonreí.